

A golpes se hacen los santos
Llego borracho, escupiendo su baba etílica. Llego cubierto de nube gris y hablando mil sandeces. Llego y con el la violencia, la brutalidad, los traumas y sus demonios.
Se sentó en la silla que no le correspondía, exigió comida, exigió bebida, exigió atención y solo recibió silencio.
Todos se fueron retirando de la sala, despacio y con prisa.
La mujer, su mujer fue la única valiente, discutieron y ella trataba de apagar el fuego que el descontroladamente despedía de sus ojos. Yolanda rezaba en pensamiento en su propio silencio.
El se levantaba y la estupidez del alcohol lo volvía a sentar.
Insultaba y llamaba a los niños, ellos se hacían los dormidos. “Yolanda pon calma” se decía con el suspiro en la boca.
El se levanto y con la fuerza guardada en la derecha, puñetio la cara de la mujer. La sangre caía.
Gritaba y aunque los vecinos la oían, los gritos eran ignorados.
Siguieron los golpes y ella dejo de gritar, su lengua cortada y su nariz quebrada limitaron los gritos al llanto.
Yacía Yolanda en el suelo desmayada o dormida como dijeron sus hijos.
Y ya en silencio el animal volvió a embestir con el ultimo hilo de hiel que aun le quedaba. Cuatro o cinco patadas al pecho, al estomago, al hígado.
Sudaba la bestia profuso y hasta cesaba exhausto, mientras Yolanda dejaba de respirar. Vio su puño lleno de sangre y la razon lo encontro. Tan solo a medias.
Salio corriendo, trastrabillando entre juguetes y enceres derramados en el desastre.
Salio espantado y la noche fue cómplice del ahora fugitivo.
Ahora si la oscuridad total se había apoderado del lugar. Los niños salieron de su escondite: su cama. Se arrastraron con sigilo y precaución, llegaron hasta su madre ensangrentada y casi muerta. No la movieron y las lágrimas se empezaron a mezclar con la sangre de la cara. Le tomaron las manos y le buscaron los ojos y ella una ultima frase suspiro: “Los amo” y luego murió.
Llego borracho, escupiendo su baba etílica. Llego cubierto de nube gris y hablando mil sandeces. Llego y con el la violencia, la brutalidad, los traumas y sus demonios.
Se sentó en la silla que no le correspondía, exigió comida, exigió bebida, exigió atención y solo recibió silencio.
Todos se fueron retirando de la sala, despacio y con prisa.
La mujer, su mujer fue la única valiente, discutieron y ella trataba de apagar el fuego que el descontroladamente despedía de sus ojos. Yolanda rezaba en pensamiento en su propio silencio.
El se levantaba y la estupidez del alcohol lo volvía a sentar.
Insultaba y llamaba a los niños, ellos se hacían los dormidos. “Yolanda pon calma” se decía con el suspiro en la boca.
El se levanto y con la fuerza guardada en la derecha, puñetio la cara de la mujer. La sangre caía.
Gritaba y aunque los vecinos la oían, los gritos eran ignorados.
Siguieron los golpes y ella dejo de gritar, su lengua cortada y su nariz quebrada limitaron los gritos al llanto.
Yacía Yolanda en el suelo desmayada o dormida como dijeron sus hijos.
Y ya en silencio el animal volvió a embestir con el ultimo hilo de hiel que aun le quedaba. Cuatro o cinco patadas al pecho, al estomago, al hígado.
Sudaba la bestia profuso y hasta cesaba exhausto, mientras Yolanda dejaba de respirar. Vio su puño lleno de sangre y la razon lo encontro. Tan solo a medias.
Salio corriendo, trastrabillando entre juguetes y enceres derramados en el desastre.
Salio espantado y la noche fue cómplice del ahora fugitivo.
Ahora si la oscuridad total se había apoderado del lugar. Los niños salieron de su escondite: su cama. Se arrastraron con sigilo y precaución, llegaron hasta su madre ensangrentada y casi muerta. No la movieron y las lágrimas se empezaron a mezclar con la sangre de la cara. Le tomaron las manos y le buscaron los ojos y ella una ultima frase suspiro: “Los amo” y luego murió.
































